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Presentación de Libro & Exposición Retrospectiva

Inauguración: Martes 14 de mayo de 2013, 18h00
Del 14 de mayo al 15 de junio de 2013
Lugar: Sala A de Exposiciones Temporales, primer piso

Clamaban nuestro acercamiento porque su tragedia era vivir en la tranquilidad de Loja, y llegar a disolverse, para siempre, en la clausura de sus soportes mudos. Las más afortunadas habían sido invitadas a tomar parte de algunas exposiciones en Londres, Polonia y China, como complementos de lindos discursos hegelianos. Otras, en cambio, colgadas "por" y "para" el gusto de los paisanos lojanos. Toda la ciudad de Loja es un museo de firmas con el apellido Villamagua. Entre las décadas de los 70 y los 90 del siglo XX, llegaron a las recepciones de los hoteles, a los consultorios médicos, al salón del Cabildo Municipal, a las escuelas y colegios, a los domicilios de los amigos y a los de los amigos de los amigos, a los despachos de directores de bancos, etc. Son itinerantes símbolos de una nostalgia redimida. No desea ser lo que los demás compran, sino lo que él quiere.

Son las pinturas de Alivar Villamagua que, en su oferta extrema, no incluían, por adelantado, el sentido de una historia, sino la oportunidad propicia para ser vividas a través de su propia historia, la que propusiera el intérprete y analizara el propio espectador, cual arquitecto de ideas. Un arquitecto e historiador que, próximo a la idea duchampiana de movilidad y versatilidad, ideó un múltiple juego que erradique la auralidad del museo y la historicidad del discurso o de la exposición, como un "libro colgado" en la pared, porque al arte no se le puede encarcelar entre palabras, hay que contemplarlo y saberlo escuchar.

Por lo tanto, estas pinturas han dejado de ser objetos inocentes y absortos, sólo móviles en los recintos de la memoria de sus firmas, siempre la misma: pequeña, inadvertida, con pincel, minuciosa, e incluso tachada por una travesura de su nieto Andrés…Y, silenciosamente, desarrollando un proceso similar al de la vida que tuvieron, se van a ir incorporando y nos hablan, en este libro, desde donde caminan a nuestro encuentro, nos escuchan y, sobre todo, esperan que no se desvanezca el sueño utópico de aproximarnos al verdadero artista, al amigo y pintor, al andariego buscador de orquídeas silvestres, al travieso bailarín que está contento, porque es feliz y sabe que la clave de esa felicidad está en donde se posiciona uno para ver el mundo.

La condición de estas pinturas, necesariamente, es arbitraria, porque han venido dadas por la historia de sus compradores. Así,que esperamos de su parte, querido lector, un gesto de comprensión, porque queremos una lectura diferente, no basada en una cronología, ni tampoco en un desfile de series y temas, menos aún, en una frutería burguesa de gustos endurecidos por las espátulas.

Y, ¿saben lo que me dijo un día, cuando le pregunté qué hacía con las espátulas más pequeñas?

-"Esperar que crezcan y lleguen a ser como las grandes…"

Excelentes sabores y olores: limones, orquídeas, calas, girasoles…hasta un presumido pavo real que se pasea por delante de la galería, en un desfile de vanidad condensada y coloreada. La secreta amenaza, que siempre ha residido en una obra de arte, proviene más de su ambigua menesterosidad, que de su arrogante autonomía. Así que les proponemos un acercamiento a la vida y obra de un artista único e irrepetible, Alívar VILLAMAGUA. Un nombre portugués, y un apellido español, todo tan cerca del Mediterráneo.

Lo hacemos desde los cuatro puntos cardinales que, un día de verano, el propio Alívar dibujó sobre la tierra, sobre su tierra de Loja: su familia, la naturaleza, la espátula y él mismo. Estos cuatro puntos, vitalmente referenciales, forman un microcosmos que se ha ido configurando con la aportación de perfiles de una diversidad encontrada, capaz de crear una unidad y armonía difícil de poder ser repetida. Esta idea de no-poder, queda reflejada en esta exposición de oberturas indiscutibles, de cortes transversales, de preguntas hacia el punto infinito del que me habla de historias inacabadas, de alientos indefinidos que el espectador, es decir usted, se tiene que plantear y responder, si así lo desea.

Así vivirá sus significados en la estrategia de cada experiencia personal o sensación que, con humildad, se quiera cuestionar sobre el color, el espacio, el peso visual, la composición, etc., porque cada pintura parece remitirse y englobar al resto. Pero, lo más mágico es contemplar cómo pinta este maestro. Los saltos que da cuando estoquea, con una raya, a la ciudad amarilla de Loja, para marcar la vía occidental, el empaste denso de Jipiro o los violetas de una placenta que, recogida en forma de cielo, cubre las montañas de un deseo cumplido: vivir y vivir más.

No las hemos seleccionado nosotros, sino que las pinturas nos han seleccionado a nosotros, sin ánimo de fragmentar ni de desnudar preferencias, así han sido de traviesas y juguetonas, como su intérprete. ¡Qué suerte, seguir siendo un niño¡ El niño que fuimos es, en el fondo, lo que muchos queremos volver a ser. Desde el trípode mágico del artista que crea, la obra que se deja y el espectador que busca, y a veces, hasta encuentra.

Así, cada pintura es un sistema pletórico de infinitas posibilidades que se tornan ingenuas para ser miradas, mas nunca vistas. No quiero hacer poética, pero solo a través de la poética –aristotélica- puedo acercarme al alma del pintor, del que sigue con el oficio minucioso de limpiar, con un trapo de algodón, cada señal en la espátula de una intervención. ¡Esto no es un taller, es un hogar!. Es el espacio de la reciprocidad permanente entre el universo lírico y las formas. La meticulosidad de cada espátula en su lugar, y un pequeño avión que nunca podrá despegar porque está prisionero bajo una vacía copa de vino. ¡Así, no puede escapar!

Las obras de Alívar Villamagua están por todo el mundo. Ya no habitan en Loja, Estados Unidos, China o Polonia, sino que aprovechan del aliento de la eternidad para que las futuras generaciones conozcan que hubo, en este rincón del mundo, un artista que protagonizó su propio vuelo, con autonomía e identidad propia. Sus obras tienen que ser miradas y analizadas desde el desafío de ser instaladas bajo el dominio de nuestra oportunidad histórica, porque, aunque haya desaparecido la naturaleza que las inspiró y les permitió nacer y vivir, no han muerto los instantes existenciales recreados y plasmados por el artista. Sobreviven, así: los caballos a galope, que nunca se salen del cuadro (foto…). Los gallos que corren antes de morir (foto…). Los toros que se vienen hacia nosotros, como tótems embravecidos (foto…).Los cartuchos y calas, que dibujan arquitecturas en el espacio (foto…). La mariposa que juega a dejar su propia sombra (foto…) El propósito de poseerlas, del artista, no radica, pues, en la perspectiva de otorgarles vida o de someterlas a nuestras historias subjetivas, sino en la aventura de emprender, con ellas, una nueva circunstancia de perpetuarse en el ser, con otra naturaleza, con otra manera de existir, siempre ante la presencia de los retratos de toda la familia: esposa, hijos, nietos…hasta que Saskya gira su cuello y mira hacia atrás: objetivo cumplido. Ni sorprendida, ni asustada, sencillamente Saskya.

Las obras de Alívar Villamagua exhiben mundos propios, a los que siempre tenemos que entrar de puntillas, respetando la memoria del espacio y del tiempo, porque la luna, cuando se esconde, por su propio agujero respira y vive de su respiración. ¡Pobres de nosotros, humildes intérpretes, que tenemos argumentos que pasan de ser todo, a ser nada, cuando leemos el título de cada obra!... Ni se nos hubiera ocurrido. Pero ésta es la esencia del arte: decir muchas cosas a muchas personas. Nos corresponde ponernos en silencio y ser capaces de admirar. Admiro a los que saben admirar.

Las obras de Alívar son como objetos "vivientes", con lenguajes propios en un simulacro de poseer excluyentemente la vida, al menos la de su creador, porque Villamagua no es nadie sin Gladys, sin sus hijos, sin sus plantas y sin su filosofía. La consecuencia es palpable. Cuando hayamos claudicado en el intento de atraparlas entre palabras, dirán que eran restos de memoria, fragmentos de nómadas apariciones, falsas modestias de informaciones de un arte que no intenta comunicar, etc…Pero, si alguna vez se quiebra el interior de sus universos, se darán cuenta de que en el interior de una cáscara y de un encuentro, e incluso en el interior de la amistad, solo había el intento de reconciliar al significado con el ser, porque la vida solo existe en la obra de arte, cuando nos obliga a reflexionar y, tal vez, el arte sea el único espacio para dar respiro a un mundo que ya sentimos que no es dado y hecho. Y todo esto, viviendo en una calle dedicada, desde hace tiempo, a otro ilustre, Eduardo Kingman Riofrío. ¿Casualidades del destino?.

Cuando uno cuenta una historia, se deja de contar otras. E incluso, en pleno siglo XXI se trata de ejecutar un discurso no-historiográfico y se acaba por doblar las rodillas ante el tiempo, al que se consigue burlar por algunos años, pero se somete, finalmente, por decenios y/o lustros. Asumimos esta historia, de acercarnos a la vida y a la obra de Alívar Villamagua, desde tres ángulos: el artista que ejecuta la obra, la propia obra de arte y el espectador que la contempla. A lo largo de la historia del arte, estos tres ángulos han cambiado de protagonistas, han tenido distinta importancia, e incluso, se han peleado entre ellos, pero siempre han estado y seguirán estando ahí. Tras un combate honesto, los adversarios pueden ser grandes amigos. Pero no es fácil construir este triángulo. Primero, porque hay que conocer bien al artista. Segundo, porque es un triángulo dinámico en su concepción, ya que, lo que permite que viva son, precisamente, las continuas tensiones y alianzas que existen entre sus ángulos. Finalmente, porque hay que manejar muy bien los conceptos generales de la pintura o, mejor dicho, del oficio del pintor. Vi una vez a tres malabaristas que, en el circo, se colocaban de pie a la misma distancia y empezaban, entre ellos, a tirarse pelotas. Cada uno tenía que dar y, a la vez, recibir las pelotas. Es lo más parecido a lo que intentamos.

José Carlos Arias

Primerás páginas del libro

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Freddy Coello