Exposición Mercedes Salvador

Exposición

Inauguración: martes 9 de junio de 2015, 19h00
Del 9 de junio al 1 de agosto de 2015
Sala de Ciencias Planta Baja


Mercedes Salvador
Por: Elena Pasionaria Rodríguez (Historiadora de Arte)

Hablar de arte abstracto no es siempre una tarea sencilla.  El abstracto implica alejarse del mundo de la representación, del objeto y, por  tanto, exige adentrarse en un universo en el que la forma se queda en pura forma, en no-alusión, en no-representación. Esto acerca lo abstracto al concepto clásico de “anicónico”, utilizado para referirse a la posición filosófica en la que se rechaza la representación de imágenes, fundamentalmente, por ser consideradas engañosas: engañosas para el ojo, y engañosas para el espíritu. De esa manera, el aniconismo ha sido practicado por no pocos sistemas de pensamiento que, en un camino de exploración mística, han rechazado la figura y han acogido la forma abstracta, ya sea en su sentido de geometricidad, como en el arte Islámico, o ya sea en su sentido más radical de “ausencia” de forma, como en el Budismo o en el Zen.   

Tal vez por esto no es de extrañarse que muchos artistas hayan pasado al aniconismo luego de haber atravesado por  períodos de figuración. Es el caso de Mercedes Salvador, quien luego de haber trabajado varias series de rostros y figuras, siente el llamado de la forma “universal” y deconstruye la imagen en su gramática más esencial y profunda: en áreas, manchas, colores, texturas y espacios. Esa  es la estructura que no necesita de “temas”, pues es aquella que sigue  el impulso, el gesto, la energía.  

La artista, en sus búsquedas, requiere de este “pasaje”, de esta pausa, de este silencio y, probablemente como experimento, descubre que, en paralelo a la necesidad de formas y a las exigencias de la representación figurativa, existen, en los espejismos de la tela vacía, ciertos saltos de pincel, ciertas manchas inconscientes o intencionales, ciertos flujos y caprichos que, como casi siempre sucede, traducen mejor que la mímesis lo que se “siente” y lo que no es posible decir con las palabras, o  con las formas reguladas por la razón representacional. En ese momento, la artista decide que es posible comunicar en ausencia de la figura y que lo que comunica esa ausencia es, probablemente, lo inasequible. Es en ese momento cuando la artista descubre la fórmula sorprendente que le permite acercarse al lenguaje del espíritu (1).

El arte abstracto, por lo tanto, no es otra cosa que el producto de la necesidad humana de ese otro abstracto, también imposible de describir con palabras, pero habitante excelso de los sueños más profundos de lo humano: la Libertad. Queda, entonces, enunciada la capacidad catártica de la imagen abstracta, ya probada mil veces por los artistas del Jinete Azul, por el Action Painting, por el Informalismo, por el Arte infantil, o por el Arte de los Pueblos Originarios. 

Existe en el abstracto, sin embargo, otra versión infaltable y simétrica con respecto a la anterior: la del arte que se vuelve razón, el abstracto “intelectual”, en el que el área de color, la línea o la composición, traducen reflexiones de carácter racional, que son producto de tiempo y de conocimiento. Este abstracto se acerca a las propuestas del Neoplasticismo, del Suprematismo, del Arte matemático del Islam o  del Arte geometrizado de los pueblos Pre-Hispánicos de América.  

Pero existe, además, un elemento que no puede dejar de ser considerado en el proceso creativo del arte abstracto: el aspecto introspectivo de la acción artística, que permite al sujeto la exploración de sus razones íntimas por medio del silencio y del momento meditado, que traduce, a través de lo corpóreo, el aliento existencial que habita en lo profundo del gesto. Se trataría, por lo tanto, de algo así como una “meditación estética”. El abstracto, en ese caso, es una especie de jeroglífico que codifica lo incodificable: pone en evidencia incluso aquello que no se conoce más que a través de la intuición o de la inconsciencia del acto perceptivo. Allí radica el sentido fascinante de lo abstracto como instrumento de sinestesia: da color a los sonidos, vuelve táctil lo visual, permite escuchar las formas.

Es el abstracto, entonces, una negación de la estructura lógica –aristotélica- en la que se declara una ausencia de unidad de tiempo y acción, y además, en un espacio sin puntos de referencia con la realidad concreta. Las formas se permiten flotar en lo impensable y las imágenes se declaran libres de insinuaciones. Por este motivo, el abstracto pertenece al momento irrepetible del aquí y ahora: no hay pasado, no hay proyección futura, hay presencia. Traduce la inmediatez de la existencia y por esta razón es sinónimo de vitalidad.

En la obra abstracta de Mercedes Salvador, se puede evidenciar una vocación exploratoria. La estructura enunciada visualmente en horizontal o en vertical  se alterna con áreas de color que permiten la experimentación con las múltiples posibilidades del lenguaje plástico: la decantación, la variación la sucesión.  El análisis permite comprender cómo, en el momentum creativo, la artista se deleita con las posibilidades lúdicas de la materia pictórica; el juego es permitido en ese intervalo de impulsiva inconciencia que es el instante de la creación. Así,  los colores y las formas se disponen en la superficie pictórica para solazarse en la estructura perimetral del cuadro. Pero queda siempre la interrogante: ¿Si pudiera, la artista, en lugar del cuadro habría pintado un muro, o un cuerpo, o el suelo, mientras el pincel se rebela?  Porque el formato resulta, casi siempre, relativo cuando se trata de perseguir las intuiciones.  Cada cuadro, es, por lo tanto, el fragmento de una totalidad,  es una y es todas las partículas, una suerte de rompecabezas, que reproduce, pieza por pieza, alguna imagen general que sólo se comprende cuando se la observa desde el YO.  

Por ello, cuando observamos estas imágenes, “presentimos” que las conocemos. El síndrome del déjà vu responde a la capacidad única del arte abstracto de aludir a lo universal. En lo universal se encuentran las razones del conocimiento y de la existencia. Una vez más, el abstracto permite explicar problemas que, contrarios a lo fenoménico (la realidad tal y como se muestra a la percepción), pertenecen al ámbito de lo metafísico (el estudio de los principios fundamentales de la realidad).

Desde el punto de vista histórico, una rama del abstraccionismo se desarrolla como la negación a la fría interpretación del Positivismo, afanado en una quimérica descripción de la realidad por medio de procedimientos científicos. Es, por lo tanto, un acto de rebeldía que, por medio de la negación de la “forma” pretende dar cabida a la posibilidad de conocimiento y exploración de la dimensión emotiva o intuitiva y, por lo tanto, expresa un proceso que se vuelca hacia la posibilidad de interpretación del mundo en primera persona, superando, sin embargo, el concepto de “subjetividad”.

La muestra de Mercedes Salvador se abre con una mirada en retrospectiva, dirigida a la imagen nuclear a partir de la que se despliega toda la estructura del discurso curatorial, centrado en función de un punto focal: amarillo sobre amarillo que, con gran valentía, recurre a un método de no pocas dificultades: las variaciones tonales a partir de una monocromía. Desde el punto de vista cronológico, no asombra que sea una obra del 2007, el tiempo en que la artista comienza a realizar sus primeras exploraciones con el lenguaje abstracto, luego de un periodo en el que se dedica a la representación de rostros femeninos. Esta obra “núcleo” resume el discurso que, a lo largo varios años, se convierte en un experimento infinito en el que se analizan, se atomizan, se modifican, se deconstruyen, se desarrollan y se potencian los elementos propios del abstraccionismo: el color, la mancha o la textura, en función de los  problemas esenciales de la representación abstracta, que son la composición y el espacio.

En la composición se comprende la sintaxis del arte abstracto, pues de la construcción de los elementos en el espacio pictórico dependen las sutilezas y complejidades de la resolución de la imagen, una imagen que busca la armonía, de tal modo que los elementos composicionales se disponen según las leyes tácitas del equilibrio.

Pero, en el momento en el que la artista se enfrenta a la tela  para “resolver” el cuadro, nuevas exigencias se hacen presentes: hace falta la textura, que equilibra pesos e inserta la obra en la realidad. La textura es conseguida mediante elementos de densidad que invocan a lo táctil, a lo matérico. La textura es necesaria para enriquecer el color y definir la composición, y también porque confiere “carácter” a la superficie.  La artista, de esa manera, concede intensidad a la obra y, como resultado, el ojo se detiene en aquellos particulares para dejar establecido el diálogo con el espectador. Esa textura, en un nivel más profundo de interpretación, se apoya en el gesto que está detrás de la pincelada, el gesto implica el cuerpo como instrumento de expresión  y el cuerpo, a su vez, remite a la emoción, que es el motor de toda creación artística.

El color, en Mercedes Salvador, no es un elemento visceral que nace de la casualidad, sino todo lo contrario, es un elemento pensado, que nace de la reflexión y que existe a priori de la obra. El color como necesidad vital, se expresa por medio de los ocres, que son los colores que “llaman” a la artista en el momento creativo. El ocre -tonalidad cargada de connotaciones simbólicas-  remite el ojo a la tierra, a la natura, a  los espacios y a los tiempos inmemoriales. El ocre es caldo de cultivo de la vida, es matriz. De ese limbo telúrico cuasi neutral emerge una luz, un brillo, un resplandor: amarillos, dorados, plateados, rojos, utilizados como materias preciosas y como llamados de atención en el discurso visual. Ese punctum (2) de fulgor que, literalmente, “pellizca” el ojo de quien observa, es el objetivo final de la obra: del color “neutro” emerge el brillo, el mismo que no puede ser utilizado con dispendio: lo mejor siempre es escaso y es fugaz, es la idea contenida en el concepto de “precioso”.

Pero en la puesta en escena del color, Mercedes Salvador utiliza una estrategia: esconde el brillo en los lugares recónditos, disfraza la luz en los fondos, no los evidencia en primeros planos sino que los “oculta” hasta que la mirada, tal vez extraviada, los descubre y se sorprende. En esa “sorpresa” se encierra la indiscutible recompensa del espectador, ya que aquél detalle revelador muchas veces subyace en lo inconsciente, en la evocación, en la reminiscencia. Hay colores vividos en los recuerdos, hay paisajes insondables en la memoria o en los sueños, hay fragmentos de experiencia en las formas desconocidas  y por eso las imágenes abstractas poseen una incomparable capacidad empática.

En esta sutil búsqueda de luz la artista explora, además, las gamas cromáticas,  oscilando entre el negro -que está presente como elemento de equilibrio- hasta llegar al amarillo,  al dorado, o al plateado, que le permiten completar esa búsqueda. Se trata de un proceso de experimentación que se evidencia en todas las obras y que es el objetivo fundamental del ejercicio creativo de la artista.   El abstracto, para Mercedes Salvador es, por lo tanto, un canal que vehiculiza intuiciones existenciales, un instrumento para  la emoción, un experimento y un descubrimiento constante que  invita a sorprendernos con aquel centelleo escondido, donde menos lo esperamos.


Mercedes Salvador, Quito

Se inicia en la pintura  en paralelo a sus estudios universitarios de Derecho.  Fue alumna de los talleres que se impartían en la Casa de la Cultura por maestros como Nilo Yépez, Marcelo Tejada o Jorge Perugachi, con quienes cultivó el amor por el color, por la composición y por el dibujo.  Posteriormente, asiste a los talleres de Miguel Gayo y Nicolás Svistoonoff, con quienes potencia los aspectos individuales y experimentales del lenguaje plástico. Realiza prácticas de grabado en la Estampería Quiteña, y en Florencia asiste a la Accademia Il Grillo, donde experimenta con el estudio de los maestros de la  Historia del Arte.

Hija de una generación de cambios vertiginosos en la cultura local e internacional, Mercedes Salvador vive el momento transicional de ruptura en el que la mujer conquista definitivamente su presencia activa en la sociedad contemporánea. Muy joven, con el deseo  de confrontarse con el mundo, viaja a Los Ángeles y tiene la oportunidad de ver en primera persona el apogeo del mundo global en las grandes metrópolis. Cuando regresa, la ciudad natal la vuelve a enamorar: Quito le fascina como ambiente vital y como lugar de cultura, declarándose una quiteña apasionada.

Como otras mujeres de su generación, debió jugar a malabares entre el trabajo, la familia, y el arte, y logró encontrar un tiempo de sosiego entre el tumulto de lo cotidiano para poder seguir al instinto que la conduce a la creación artística. Para ella  “la pintura es una necesidad espiritual”, es expresión de vida, es alimento. Cuando pinta se olvida de todo, incluso si está rodeada de la compañía estimulante de aquellas amigas que, una vez por semana, la visitan en un ritual colectivo para, en grupo, dedicarse, cada una a su manera, a algún quehacer del alma y, quién sabe, también intentar arreglar el mundo. Este entorno femenino, generoso, cómplice, recuerda al “gineceo” de los griegos, aquel espacio de la casa reservado a las mujeres, en el que las madres, las hijas, las esposas, realizaban sus estupendas y privadísimas actividades cotidianas, lejos de las miradas de lo público.

Ciertamente, los tiempos han cambiado desde el ámbito del gineceo, pero no deja de ser interesante cómo la mujer, desde siempre, ha amado compartir con sus similares los  momentos íntimos de creatividad. Se debe, probablemente, a que están asociados al acto placentero y simbólico de generación de proyectos que tienen mucho de vida y no es raro que el producto de estos momentos de amor, sea traído al mundo con un esmero parecido al que se pone en los hijos. Por eso, para Mercedes Salvador, la relación con cada obra es entrañable. Sus cuadros “son suyos”, son únicos, y  son tratados con el celo de quien no quiere mostrarlos con ligereza porque son tan parte suya que, al exhibirlos, experimenta el vértigo de sentirse delatada.

La artista, además,  es metódica en su trabajo, mantiene una disciplina diaria de ejercicio artístico que, lejos de ser una tarea forzada, es para ella el tiempo del placer, de la alegría, de la libertad. Pinta en el exterior de su taller, rodeada de naturaleza,  donde la luz puede guiarla en el manejo sabio de la cromática; se nutre de música clásica y vive con alegría el acto creativo que se resume en cada obra, para volver a empezar una y otra vez, pues, para ella, la pintura es como la vida.

(1) Sobre este argumento habló Kandinsky en 1911, en su libro “De lo Espiritual en el Arte”.

(2) Término introducido en 1980 por el semiólogo francés Roland Barthes en su libro “La cámara lúcida”.


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Entrevista a Mercedes Salvador


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