Espejo

Exposición de Marco Pejrolo

Inauguración: Viernes 24 de octubre de 2014, 19h00
Del 24 de octubre al 28 de noviembre de 2014
Lugar: Sala A de exposiciones temporales, primer piso


He aprendido mirando a los grandes maestros, leyendo muchísimo, estudiando, cometiendo errores, rectificándolos y sin dejar de hacerlo jamás, nunca. Y después en mí conviven desde siempre, nutriéndose entre ambas, dos grandes pasiones: el teatro y la fotografía. He intentado cultivarlas paralelamente, aunque si en distintos períodos de mi vida ha acabado por prevalecer, a veces, la una sobre la otra.

Hago teatro desde hace más de treinta años. Como actor y como director. Con mi intensa dedicación a la formación del actor y con el ejercicio constante sobre el escenario he desarrollado “músculos” que tienen nombres como empatía, humildad, constancia, escucha, confianza, rigor, coraje, imaginación. He luchado contra enemigos que se llaman prejuicio, presunción, prevaricación, exclusión, impedimento, preconcepto. Desde la más confortable y más reflexiva posición de director he aprendido a apreciar la complejidad, a mezclar códigos diferentes para hacerlos converger al centro de un único mensaje, a gestionar también procesos creativos muy articulados, a entrar en sintonía con las personas con las que trabajo, a aceptar la responsabilidad de un proceso destinado a confrontarse, al final, con un público y con su juicio. He aprendido a mirar el espacio escénico como un negativo, para después componer dentro de este la imagen destinada al espectador, imágenes hechas con cuerpos, rostros, gestos y palabras, voces, formas, colores, movimientos, músicas, ritmos.

He experimentado el poder narrativo y evocativo de la luz, su capacidad de esculpir figuras y rostros, desvelar y ocultar, en un juego de contrastes que consigue generar la ilusión de algo parecido a la omnipotencia. Y al teatro debo mucho, también como fotógrafo.

La pasión por la fotografía se ha nutrido de todas estas experiencias vividas sobre el escenario. En cierto sentido las dos se han completado y se han compensado. La continua dimensión “pública” a la que está expuesto (diría sobreexpuesto) un actor o un director, me ha creado la necesidad de un contrapeso de sentido opuesto. Algo que me protegiese, que me escondiese del mundo y que me permitiera el lujo de ser espectador de otros actores, esta vez no conscientes de serlo.

Así desde la confortable soledad del visor de una cámara fotográfica podía observar una nueva complejidad, nuevos personajes, nuevos juegos de luz, nuevas coincidencias, nuevas vicisitudes humanas.

El deseo de recomponer todos los retazos de vida en una historia elegida e imaginada por mí, se ha revelado extremadamente natural. En esos momentos el director jugaba con los fragmentos capturados en la realidad. Seleccionados e inmortalizados por un disparo. El mío.

Antes era la búsqueda de la coincidencia en la realidad la que guiaba mi mano en el instante del disparo. Me sentía mayormente atraído por las casualidades que creaban geometrías inesperadas o reflejos engañosos, similares conseguidas en los fotomontajes, solo que en este caso sin la necesidad de un ordenador; se trataba únicamente de la propia materia reflejada en un pozo de agua o en una ventana. Espejos naturales. El juego de toque barroco que se producía al rebotarse la luz en estas superficies me fascinaba. Me divertía. En el fondo revelaba lo que existía verdaderamente. Solo tenía que estar apostando en ángulos diferentes. A mí me resultaba visible aquello que a los distraídos transeúntes se les escapaba inexorablemente. Y a esta mesa de juego de azar, muy raramente estaban invitadas las personas reales. Prefería vencer mis partidas con la luz usando posters, maniquíes, árboles, nubes, coches y grandes escaparates. Adversarios más dóciles y menos inestables, en cuanto al humor se refiere.

Las personas han entrado en mi objetivo y en mis disparos poco a poco, casi escondidas, hasta convertirse en mi argumento preferido. Quizás también gracias a mi dedicación al retrato en estudio, donde volví a manejar la luz como en un pequeño teatro privado.

Mientras tanto crecía mi actividad teatral y con ella la oportunidad de visitar ángulos lejanos del mundo: Argentina, Chile, México, Uruguay, Estados Unidos, Canadá, Sudáfrica, Cuba, Guatemala, Ecuador. Todos ellos lugares a los que he regresado a menudo.

Mi ojo se encontraba estimulado como nunca y la “facilidad” del digital acabó por emborrachar completamente una mente que habría debido guiar el ojo al seleccionar los fragmentos. Tan fuerte llegó a ser esta dispersión que me obligó a volver atrás. Dejar el digital, disparar de nuevo con una cámara de medio formato, con una película de 120, y colocarme otra vez en una posición mucho menos cómoda, física y mentalmente hablando, y así reafirmar la primacía del fotógrafo sobre el instrumento.

Grandes lecciones que desde entonces no he olvidado, a pesar de los años que hace que volví al disparo hecho de bit. Utilísimas también cuando han entrado en el uso común objetos como el iPhone, fiel compañero de muchas aventuras.

Ahora me muevo sólo con mi Laica M9 y mi Nikon D800. Una pareja perfecta para la Street photography, disciplina en la que no dejo de experimentar y de descubrir nuevos horizontes.

Mi pasión.

Marco Pejrolo


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www.marcopejrolo.com